Mostrando entradas con la etiqueta Nick Cave and The Bad Seeds. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nick Cave and The Bad Seeds. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de mayo de 2008

Romántico (y provisional) epílogo


"La conciencia de su soledad, de su desvalimiento [...], la separación humana es la fuente de la vergüenza, la culpa y la angustia".
(Erich Fromm, El arte de amar)


Este Don Juan del siglo XXI no había dicho su última palabra.

Después de décadas negándose su condición de romántico empedernido, se atreve por fin (irreconocible: casado, con tres hijos, un bigotón y sin adicciones) a dedicar un disco casi por completo al amor: No more shall we part (2001). En castellano: "Nunca más tendremos que separarnos", un título -reconozcámoslo- verdaderamente optimista. El primero de toda su carrera.

La cosa, estaba claro, iba de cambios. Del torturado poeta de los damnificados, hermano del punk y la violencia, pasamos a un estable autor con horario de oficina (de 9 de la mañana a 5 de la tarde) durante el cual escribe canciones. Afortunadamente, su creatividad no se resiente: simplemente toma otro camino y lo aprovecha al máximo. Más contenido y evocador, menos maniático, conjuga la poesía de sus textos con el tono apaciguado de sus melodías y arreglos.

Hay lugar para recordar dolores pasados, como en el tema que da título al disco:

"Los contratos están acordados, el anillo está asegurado en el dedo

y nunca de nuevo mis cartas comenzarán

tristemente o en las profundidades del invierno"


(And no more shall we part)


También se permite un fugaz regreso a su época agresiva de rebelde sin causa (Fifteen feet of pure snow) donde caben, por supuesto, los símbolos:

"Los problemas que has tenido,

los leones que te llevaron a yacer en el suelo".

(Sweetheart come)

Incluso estructuras narrativas más propias de un relato en prosa (o verso libre) que de un formato tan restringido como la canción:

"La marea de la opinión pública había comenzado a apaciguarse [...] me senté, buscando la presencia de un Dios. Busqué en los dibujos de un libro encuadernado en piel. Encontré un cordero desdibujado dormitando sobre un charco de sangre, y un Jesús con branquias temblando en el anzuelo de un pescador".

(Darker with the day)

Aunque tras un pasaje tan fervientemente religioso como este último, confiesa, de forma tímida y tardía:

Muchacha, parece que haga tanto tiempo

desde que te marchaste

Y yo tengo que decir

que se me hace más oscuro conforme avanza el día".




Ése es su tono más personal: el que alterna las pasiones y los temores cotidianos con las obsesiones devotas. Así, una escena aparentemente plácida se vuelve turbadora:

"Mi esposa yacía completamente despierta. Yo la besé suavemente en la frente. Intenté no hacer ningún ruido, pero con ojos de piedra ella me miró y amablemente me estrechó la mano. Llámalo una premonición, llámalo una loca visión. Llámalo intuición, algo aprendido de la madre, pero cuando me miró desde abajo hacia mí pude ver claramente la Espada de Damocles colgando directamente sobre ella¡ Oh Dios!¿Cómo te he ofendido?"

(Oh my lord)

Pese a la maestría de sus composiciones, algunos de sus seguidores le acusaron de una cierta monotonía, de falta de riesgo y artificiosidad. No obstante, más que estas críticas, lo evidente es que Cave no explota al máximo el talento de los músicos que lo acompañan, y que apenas intervienen en un conjunto de canciones con una mínima instrumentación.



Tras el fallido Nocturama (2003), del que se rescata la pegadiza Bring it on, Cave alcanza su máxima madurez como compositor en el doble Abattoir Blues / The lyre of Orpheus. Después de una primera parte muy rockera, en lo que correspondería a su "cara B" da rienda suelta a su oficio de escritor concentrado y metódico. Su cómoda -casi rutinaria- vida familiar no le impide expresar, en Carry me, una petición desesperada:

"Ven y bebe de mí o date la vuelta y nunca más me recuerdes".

Y eso que ya no trasnocha. Ni convive con mujeres fatales. Ni le parten el corazón.

Apenas queda nada del enfant terrible; pero Nick Cave, todavía inspirado, no fuerza la pose: nunca peca de rimbombante ni de tópico. Su delicadeza, la autenticidad con la que define los sentimientos, se refleja de forma inmejorable en la joya del disco: el vals Babe, you turn me on, donde huye de la trascendencia gracias a las pinceladas de sorna ("Con una mano en tu redondo corazón maduro / y otra debajo de tus bragas"). Y en el momento de la verdad sabe traducir a palabras emociones universales:

"Todo se colapsa / Y el sentido de la moral nos ha abandonado

Es sólo la historia que se repite a si misma.

Y nena, tú me enciendes. Como una idea.

Como una bomba atómica."

Versos deliciosos combinados a la perfección con arpegios de piano, batería con escobillas, suaves guitarras... y la voz de Cave recitando, susurrando, seseando. Hasta se atreve a simular con la boca el sonido de una explosión. Si lo hiciera cualquier otro, sería patético. En él resulta sublime.



En definitiva, aunque en su último disco (Dig, Lazarus, Dig!!!) y en su otro grupo -Grinderman- haya recuperado su vertiente más enérgica y menos romántica, Nick Cave ya no parece avergonzarse de componer canciones de amor. Han dejado de ser la excepción de su repertorio, aunque tampoco se han convertido en la regla. El cantautor australiano ha interiorizado, de una vez por todas, lo que explicaba Erich Fromm en El arte de amar:

“Mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar significa comprometerse sin garantías... el amor es un acto de fe”.

domingo, 6 de abril de 2008

Con el corazón volcado sobre el piano










"I don't believe in an interventionist God,
but I believe in love
"
(Into my arms, 1996)


Ya era hora. Después de unas pocas baladas desgarradoras y tras el paréntesis de sentimientos que supuso Murder ballads, Nick Cave lo reconocía sin pudores: "Creo en el amor".

El impresionante The boatman's call, álbum que incluye la deliciosa Into my arms, supuso un giro (temático y compositivo) en la carrera del australiano, que -inspirado por su ruptura con PJ Harvey- dejó brotar el dolor sobre las teclas de un viejo piano.
Desde la desazón y la incertidumbre de (Are you the one) I've been waiting for?
("¿Eres tú mi destino? / ¿Es así como aparecerás? / Envuelta en un abrigo con lágrimas en los ojos... / de la tristeza, mundos enteros han sido construidos"),
hasta los prodigiosos juegos lingüísticos de Green eyes
("Bésame otra vez, rebésame / desliza tus manos frígidas bajo mi camisa. / Si sólo fuera una cuestión de fe, si se midiera en peticiones y oración / ella se materializaría"),
todo es descarnadamente biográfico, tan sincero que conduce el estilo literario -anteriormente barroco- de Cave hasta las fronteras del minimalismo.

El mejor ejemplo es Far from me:

"Es bueno oírte que te lo estás montando tan bien
Pero realmente ¿no puedes encontrar a otro
a quien puedas llamar y contárselo?
¿Te preocupaste alguna vez por mí?
¿Estuviste alguna vez allí por mí? Tan lejos de mí...


Amor y destrucción

"No confío en las canciones en las que no se puede leer entre líneas"
(N. Cave, 1998)



El título Let love in (1994) podría -a priori- interpretarse como la confirmación de la sentimentalidad mostrada por Nick Cave en sus dos álbumes anteriores. Sin embargo, ya desde su portada el cantante australiano acaba de un plumazo con esas expectativas, y desvela su estado de ánimo. Las tres palabras grabadas a sangre en su pecho tienen connotaciones diabólicas: un hombre desnudo, entregado al amor, se ha estrellado con el fracaso emocional y sus demonios. La sentencia "Let love in" se asemeja a una tortura.

El primer corte del disco no hace sino confirmar la sospecha: Do you love me? narra una historia que comienza "en una noche de fuego y ruido" (no parece el mejor de los augurios) y culmina con estos versos:


"Todas las cosas se mueven hacia su final:
supe antes de encontrarla que la perdería.
Juro que hice todos los esfuerzos para ser bueno con ella".


En la propia canción que da nombre al compacto, se personaliza la acción. I let love in ("yo dejé entrar al amor") es radicalmente opuesta al sentido convencional (melancólico pero feliz) que se le podría adjudicar al título: se trata de una balada desengañada en la que el artista explora las dependencias que se crean en torno a las relaciones de pareja:

"Despecho y Decepción, los dos feos gemelos pequeños del Amor.
Llegaron a mi puerta y yo los dejé entrar:
querida, eres mi castigo por todos los pecados anteriores.
[...]
Por favor, no me abandones aquí a mis propios medios.
¿Dónde están mis amigos? Mis amigos han desaparecido.
Yo dejé entrar al amor".


¿Has visto lo que pasa cuando te expones al amor? Que te desarma y acaba contigo, parece clamar Cave. En su boca, ese "I let love in" suena como una condena a muerte que todos los enamorados firman, y que les pasará factura antes o después. La tonalidad menor de los arpegios de la guitarra no hace sino subrayar esta percepción. El siguiente vídeo ofrece una excelente versión en directo y la letra traducida de la canción:





La desesperanza de Let love in, sumada al tono sombrío de las melodías y las instrumentaciones, mostró una faceta cercana al Nick Cave underground de los años ochenta. El hecho de que los mismísimos Metallica adaptaran más tarde Loverman no ayuda a dulcificar el conjunto.

El siguiente paso confirmó la tendencia: en Murder ballads (1996) las referencias al amor brillan por su ausencia. No en vano, Cave reconoció: "Este álbum me ha liberado de hablar sobre mí mismo". Pese a ello, se trata de una de las obras cumbre de los Bad Seeds, con colaboraciones estelares de Kylie Minogue y de PJ Harvey, por entonces pareja de Cave. Las letras elevan a la enésima potencia la riqueza temática y verbal de la que siempre ha hecho gala el compositor, que se atreve con nueve historias sobre crímenes pasionales y con una décima pista que deja lugar a la esperanza: una versión del Death is not the end de Dylan. Con todo, supone sólo un intento final de redención tras un disco claustrofóbico en el cual el australiano parecía negar la importancia del amor en su propia vida.


Tras su pose de Casanova, era difícil imaginar que se escondía un romántico empedernido.
Hasta que llegó la hora de la verdad.


lunes, 31 de marzo de 2008

Nick Cave, un Don Juan... ¿sentimental?







"Far worse to be Love's lover
than the lover that Love has scorned"
Acaba de salir a la venta el nuevo álbum de Nick Cave & The Bad Seeds, con el -muy enfático- título de Dig, Lazarus, Dig!!! El artista australiano sigue siendo casi un desconocido en España, pese a arrastrar a sus espaldas treinta años de carrera. De hecho, aunque todas las revistas especializadas (que lo ensalzan como músico de culto) le dedican reportajes y artículos (casi siempre excelentes: una muestra), por el contrario en los medios generalistas apenas se habla de él... o se le pone a caldo.

Incluso en el mercado anglosajón se le llegó a conocer más por su agitada vida sentimental (conquistó, entre otras, a PJ Harvey), aunque de un tiempo a esta parte, afortunadamente, se ha impuesto la lógica de la calidad. Empezando por las letras, claro (¿qué esperabais?): Cave es quizá el más intelectual de todos los compositores. ¿Cómo se explica, si no, que en una sola canción aluda a Dylan Thomas, Paul Gaugin, San Juan de la Cruz o Vladimir Nabokov? Sólo un erudito podría hacerlo.

Ah, pero es que hay trampa: Nick Cave escribe. Y no sólo canciones: en 1989 publicó su -de momento- única novela, And the ass saw the angel, nombrada Libro del año por la revista Time-Out. Por si fuera poco, también ha intervenido en el cine; y no en una película cualquiera: recientemente, ha compuesto la banda sonora de la notable El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, donde protagoniza un satírico momento, semejante al que compartió con Brad Pitt en la floja Johnny Suede. Aunque su aparición más reseñable se remonta a 1987, en la obra maestra de Wim Wenders El cielo sobre Berlín. Una escena capital, muy próxima al desenlace, se desarrolla durante un concierto de Nick Cave y su banda:





En este alud de referencias culturales no podía faltar la mejor música: en sus comienzos, la herencia obvia de Lou Reed y Tom Waits (en el feísmo armónico, el retorcimiento, la oscuridad temática) y la movida punk; en los últimos años, en cambio, la madurez le ha dotado de un parecido sorprendente con Leonard Cohen y con Johny Cash. Además, su impresionante elenco de músicos lo acerca al country-rock y al jazz de Louis Armstrong. Ellos son The Bad Seeds:


Sin embargo, incluso por encima de su grupo, están esos versos que medio recita-medio canta con su insegura voz de barítono. Desde los años 70, Cave se ha atrevido a abordar casi cualquier tema, siempre de una forma narrativa y bastante teatral, si bien ha evolucionado desde el furioso expresionismo de los comienzos a un intimismo un tanto minimalista.
Así, aun reconociendo la importante presencia de la religión en sus canciones (profesa un cristianismo devoto), probablemente su tema más frecuente sea el AMOR. Sus baladas desgarradoras desbordan creatividad, como se refleja en su disco The good son (1990), un remanso de paz tras los agitados 80. Su original simbología se plasma inmejorablemente en la triste y hermosa The ship song:

"Despliega tus barcos a mi alrededor y baja tus puentes [...]

Venga, suelta tus perros sobre mí. Deja que cuelgue tu pelo.

Hablamos de ello toda la noche, definimos nuestra base moral

pero cuando me deslizo entre tus brazos

todo comienza a derrumbarse..."






En su siguiente álbum, Henry's dream (1992), parecía seguir los mismos derroteros con la remilgada Straight to you. Pero Nick Cave siempre ha demostrado una inagotable capacidad de sorpresa, y prueba de ello es The loom of the land: en ella, el relato de un sencillo paseo de una pareja produce incertidumbre desde que, en los primeros versos, se nos hace saber que el joven lleva un cuchillo en el bolsillo del pantalón...